Salud mental
Por: Sofía Leviaguirre
Hay cosas que nos decimos todo el tiempo y en realidad son frases que delatan tus heridas de la infancia, y es súper importante cacharlas.
“No me odies, pero…” es una de las cosas más normales de decir, incluso a manera de broma. Pero solo es una más de las frases que delatan tus heridas de la infancia. Cuando aprendes a identificarlas, aprendes a sanarlas.
A lo largo de la vida desarrollamos creencias para adaptarnos a lo que vivimos cuando éramos pequeños. El problema es que esas creencias, que antes nos protegían, hoy pueden limitarnos.
Algunas de las más comunes son:
Estas frases no son más que estrategias que tu mente creó para sobrevivir, pero se pueden trabajar.
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A veces, ni siquiera son frases, son situaciones. Cuando te dan ataques de pánico porque te cambiaron los planes o explotas en furia porque alguien no llegó a tiempo, tu niño interior te está buscando. Estas reacciones, igual que las frases que nos repetimos, vienen de algo que se llama memoria traumática o carga emocional. O sea, en tus primeros 7 años de vida, todo eso que te lastimó, dejó huella y marcó un camino de acción. En la adultez, cuando te repites creencias o sobrereaccionas a cosa menores, en realidad son esas emociones que no aprendiste a procesar pidiéndote que las atiendas.
Estas creencias operan en automático. Influyen en tus relaciones, decisiones y autoestima sin que te des cuenta. Puedes cambiar de pareja, de trabajo o de ciudad, pero si no trabajas la raíz, los patrones se repiten. Sanarlas no borra el pasado, pero te ayuda a dejar de reaccionar desde tus heridas.
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Lo primero y más importante es que hagas consciente el patrón. Cada vez que repitas una de estas frases, detente y pregúntate: ¿de dónde viene esto? Recuerda que no todo lo que piensas es verdad, por eso también es importante preguntarse, ¿esto es un hecho o una interpretación basada en mi historia?
Lo siguiente es aprender a escuchar lo que sientes sin juzgarte. Es lo que probablemente necesitabas cuando eras niño. Cuando te das ese espacio y tienes identificadas tus frases clave, puedes poco a poco ir sustituyéndolas por otras más compasivas, como: “estoy aprendiendo”, “merezco amor”, o “puedo pedir ayuda”.
Si sientes que todo esto es demasiado, también se vale pedir ayuda profesional. La terapia es una herramienta poderosa para trabajar estas heridas a profundidad y acompañado. Al final, tus heridas no definen quién eres, pero sí pueden influir en cómo vives si no las atiendes.
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Por: Sofía Leviaguirre