¡Aprende a callar a tu juez interior!

Dicen que no hay juez más duro que uno mismo y, aunque para ciertas cosas está bien, cuando es un perro rabioso que nomás no te deja crecer y te detiene en todo, hay problemas. Dominarlo es todo arte y aquí te vamos a enseñar

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Seguro que cuando no te has atrevido a algo es por hacerle caso a esa vocecita interior que te susurra: “No lo hagas”, “eres un tonto y la vas a regar”. Ese “ladrido” perverso y traicionero nos predispone al fracaso y es responsable de nuestras neurosis diarias: inseguridad, timidez, agresividad, miedo, ansiedad, celos, you name it. Es un juez inquisidor que te critica, te compara y te recuerda lo que te falta. Digamos, le echa sal a la herida.

Hay jueces más rudos que otros, pero su tamaño y fuerza dependen de qué tanto permites que esos pensamientos que los alimentan se presenten sin control. Pero ¿ya por eso son malvados? En realidad, no, lo que quieren es mantenerte a salvo de que no falles, te desilusiones o te lastimen y para eso tienen que adoptar una postura ultracrítica, paranoica y a veces cruel… si te dejas.

 

¿De dónde viene esa voz?

Si en tu casa, en la escuela, en la iglesia o donde hayas crecido fueron muy exigentes, tu juez interior lo será, porque así fue entrenada tu mente: con la creencia de que nada es suficiente o que solamente si tienes éxito en determinada área de la vida tendrás valor personal.

En general, tu juez se manifiesta en ideas fatalistas (si me compro un coche, me lo van a robar), cuando te enfocas en las fallas (está bueno mi trabajo, peeero creo que no lo hago bien), si tienes estándares exagerados (no soy suficiente linda porque no tengo cinturita de avispa) o por ultraresponsabilidad (a mi mamá le dio diarrea, fue mi culpa. He fallado como hija).

 

93% de las mujeres se engancha tanto en autojuicios negativos que terminan en episodios crónicos de ansiedad y depresión 

Cada que haya un cambio, el juez aparecerá, no importa si es agradable o desagradable. Por ejemplo: según tú, el desgraciado que te rompió el corazón está más que enterrado, pero tu juez lo recuerda muy bien, entonces, cuando empiezas a entusiasmarte con alguien nuevo (es decir, cuando vienen cambios), te ladra para recordarte lo mal que te ha ido y lo mala que eres para el amor, entonces te llenas de inseguridades y, si no lo controlas, se va todo al caño. O piensa en tu carrera profesional, ¿cuántos puestos has perdido por escuchar a ese juez que te dice que se lo van a dar a otro y entonces no haces el esfuerzo por conseguirlo?

Ponle freno

Si te agarras a trompadas con tu juez, vas a perder porque en el ring de la mente es más poderoso. Lo mejor es amistar, aprender a comunicarte con él y convertirlo en tu aliado. ¿Cómo?

* Obsérvalo. Cuando aparezca, trata de imaginar qué cara tendría. ¿Alguien de la familia?  Juega con tu imaginación y velo con humor, entre más te rías de él, más poder le quitas.

* Ubícalo. Cada que aparezca un pensamiento sospechoso, regístralo en una hojita en cinco columnas, primero pon la situación, luego los pensamientos negativos, las emociones que surgen, algo bueno que podría traer esa situación y las emociones que te genera ese pensamiento feliz.

* Detenlo. En cuanto te empiece a ladrar dile “¡cállate!”, entre más lo hagas, más le mandas la señal de que tú decides qué pensar, cuándo y cómo.

* Cuestiónate. Evalúa cada pensamiento en si te suma o te resta, te gusta o te hace sufrir. Te vas a dar cuenta de que pensar en negativo solo te quita tiempo.

 

Aunque no lo creas, estas cuatro acciones van a hacer que poco a poco tengas control de tus pensamientos y lejos de ponerte el pie, empieces a caminar de la mano de tu juez.

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