Salud mental
Por: Sofía Leviaguirre
Lo has visto en redes y seguro te ha sacado de onda ver tanto esqueleto. Hoy te decimos la neta de por qué estamos traumados con ser flacos
Toda la vida hemos creído que ser flaco es sinónimo de tener disciplina, estar saludable, y ser atractivo. Todo eso, de alguna manera, nos hace sentir más valiosos. Pero ahora que la flaquez se salió de control, hay que preguntarnos: ¿Por qué estamos traumados con ser flacos? Y más importante aún: ¿Cómo hacemos para que nos valga?
Vivir pensando solamente en los looks es agotador. Que si subiste dos kilos, ya no te queda aquel pantalón, alguien te dijo que te veías “más llenito”, viste en Instagram a otra persona que sale con los cuadritos perfectos, comiste postre y ahora sientes que “te portaste mal”. Tooodo eso son críticas internas que nos hacemos para decirnos que “no somos suficientes”, pero lo único que hacen es que nos sintamos miserables y sigamos obsesionados con algo que, además, tampoco es saludable.
La obsesión por estar flacos es tan normal en nuestra cultura que muchas veces ni siquiera nos damos cuenta de que estamos traumados con eso. Hablamos de dietas en lo que desayunamos, contamos calorías como parte del ritual de la comida, y tratamos a nuestros cuerpos y cada ida al gym como si fueran algo que tenemos que arreglar. Pero tu cuerpo no es una máquina que necesita reparaciones, es más como una casa que necesita que la cuides.
La idea de que ser más flaco es mejor (o te hace mejor) no es una verdad universal ni una ley de la naturaleza. De hecho, nuestra idea del cuerpo y lo que es “perfecto” ha cambiado muchísimo en la historia. En el renacimiento italiano, por ejemplo, el cuerpo “perfecto” era al que le escurrían las lonjas de grasa, porque eso quería decir que esa persona tenía suficiente dinero para comer tooodo lo que quisiera. De alguna manera, era “mejor” que el resto, y lo podemos ver con las mujeres que pintaban los grandes artistas en ese tiempo: entre más gordas y con pliegues de piel, más bonitas eran. Suena raro, ¿no? (Así sonaríamos nosotros explicándole a Da Vinci que lo bonito es estar flaco). Entonces, ¿cómo llegamos al punto en el que reducir nuestro cuerpo se convirtió en el estándar de belleza?
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Sabrina Strings, autora de Fearing the Black Body, ha explorado cómo se construyó la idea de la gordofobia usando el racismo y la religión. O sea: la obsesión con estar flacos es mucho más que una moda, es un símbolo de estatus social que hemos construido poco a poco durante siglos. Ser flaco se convirtió en un símbolo de estatus social que representa disciplina, autocontrol, superioridad, e incluso virtud moral. Ese último es el foco rojo: cuando algo se convierte en sinónimo de valor moral, Houston, tenemos problemas. Porque entonces ya no estamos diciendo simplemente “me gusta este tipo de cuerpo”. Estamos diciendo, consciente o inconscientemente, que unos cuerpos son mejores que otros.
Antes teníamos revistas en las que algún editor se había pasado horas ajustando la luz de las fotos para que se vieran lo mejor posible. Ahora tenemos una cantidad infinita de cuerpos tuneados cada vez que abrimos Instagram. Eso hace que encontrar un minuto para dejar de compararte con otros sea casi imposible.
El problema es que, además de la cantidad de fotos, la mayoría están editadas, filtradas, iluminadas, y a veces hasta modificadas por la IA para enseñarnos estándares inalcanzables. Y aun así las usamos como referencia para juzgar nuestro propio cuerpo, que vemos en movimiento, con diferentes luces, después de comer, cuando estamos cansados y después de vivir un día entero.
La comparación nunca termina, porque siempre va a haber alguien más flaco, más joven, más musculoso, más alto o que se vea mejor en la foto en bikini. Y cuando empiezas a compararte con cuerpos que, literalmente, no existen, tu autoestima empieza a minarse.
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Ahora, decir que la foto de un influencer está modificada por IA puede ayudarte a no tomar taaan en serio el trauma con ser flaco, peeero, seguro viste a las celebridades de Hollywood en esta temporada de premios. Es como si la IA las hubiera atacado en vida real. Desde Lizzo y Amy McCarthy que perdieron muchísimo peso, hasta el cast entero de Wicked y nuevas actrices como Jenna Ortega, los famosos aparecieron trending con la etiqueta de “Ozempic skinny”
Aquí hay que tener muchísimo cuidado antes de juzgar, porque la realidad es que no sabemos qué está pasando en el cuerpo o en la vida de un famoso solamente porque lo vimos en una alfombra roja. Pero sí vale la pena preguntarnos: ¿qué pasa cuando convertimos los cuerpos cada vez más pequeños, más flacos, y más frágiles en el estándar de belleza? Porque ese mensaje no se queda en Hollywood, le llega a todo el mundo: niños, adolescentes, personas que llevan años peleándose con su cuerpo o recuperándose de un desorden alimentario.
El problema nunca fue ser flaco, gordo, o un intermedio. Al final tu cuerpo es tu cuerpo y mientras te sirva, funcione como debe funcionar, y esté saludable (ojo que no hay un look saludable, hay estudios médicos que miden tu salud), entonces todo está bien. En teoría, porque en la práctica nos encanta creer que necesitamos ser flacos para estar bien. Tanto así que a muchísimas personas flacas no les detectan problemas de salud porque “se ven sanos”, y a muchísimas personas gordas les dejan de atender problemas de salud porque “primero tienen que bajar de peso”.
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Una de las maneras más simples de empezar a sanar la relación con nuestro cuerpo es dejar de juzgar a los que nos rodean. Dejemos de asumir que estar flaco siempre es un cumplido, y dejemos de decir cosas como “¡Qué flaco estás!”, “¿Bajaste de peso?”, o “Así deberías quedarte.” Cuando NADIE nos preguntó. Aunque la intención sea buena, todos estos comentarios parten de la idea de que bajar de peso es necesariamente algo positivo. El cuerpo de otra persona no tiene por qué ser conversación pública. Y tampoco necesitamos convertir nuestro propio cuerpo en el tema de conversación.
También tenemos que dejar de pensar que hablar del cuerpo de alguien es automáticamente una muestra de cariño. No necesitamos decirle a una persona que se ve más flaca, ni preguntarle cuánto pesa, ni nos toca juzgar si “se ve mejor” o “se ve peor” que la última vez que la vimos.
Porque el trauma con estar flacos empieza ahí: cuando le damos toda nuestra atención. Lo mejor que podemos hacer es romper esa cadena y dejar de comentar sobre otros cuerpos (y dejar de hablar tanto del nuestro). Y esto también aplica a personas que no conocemos, como las celebridades de Hollywood y los influencers que seguimos.
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Aunque en teoría suena muy fácil, en realidad, ¿cómo haces para que te deje de importar lo que los demás piensan? Primero, tienes que entender que no todas las opiniones tienen el mismo valor. Que alguien opine sobre tu cuerpo no significa que esa opinión tenga autoridad. Una persona puede decirte que estás demasiado gordo, demasiado flaco, demasiado musculoso o que “antes te veías mejor”. Eso habla más de ellos, de sus prejuicios y de sus gustos, que de ti. Y aunque probablemente nadie debería opinar sobre tu cuerpo, aprender que una opinión es sólo eso: una opinión, puede ayudar a que te valga lo que digan los demás.
Ahora, eso aplica con extraños y personas a las que no tienes que ver si no quieres. Pero cuando hablamos de familia y amigos, no sólo está en ti trabajar tu autoestima. También se vale que pongas límites. No tienes que explicar por qué subiste o bajaste de peso. No tienes que justificar lo que comes. No tienes que anunciar que estás haciendo ejercicio. No tienes que probarle a nadie que “eres saludable”. Puedes simplemente decir: “Prefiero no hablar de mi cuerpo” y cambiar de tema.
Una de las trampas más crueles de la cultura de la dieta es hacerte creer que tu vida empieza sólo cuando tu cuerpo llegue al “peso ideal”. Cuando baje cinco kilos, cuando te quede aquel vestido. Cuando tengas el abdomen plano, cuando puedas ponerte ese bikini, cuando vuelvas a pesar lo que pesabas a los 25. ¿Y mientras tanto? ¿Vas a esperar? Porque el tiempo no está esperando a que bajes de peso. Ese viaje que quieres hacer, hazlo. Esa foto, tómala. Ese vestido, póntelo. Ve a la playa, sal a cenar, baila, ten citas, celebra tu cumpleaños. Haz todo eso con el cuerpo que tienes hoy. No necesitas llegar a una versión más delgada de ti para tener permiso para disfrutar tu vida.
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Por: Sofía Leviaguirre