¿Eres intolerante a la tristeza?

Las lágrimas, nuestras o de los demás, nos angustian y quisiéramos pararlas. Pero llorar, aunque suene cursi, limpia el alma

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Una de esas cosas que no sabemos tolerar es la tristeza. Ni la nuestra ni la de los demás. Imaginemos esta escena: un día un amigo llega a tu casa porque tienes algo muy importante que contarle. A media historia te gana la emoción y empiezas a llorar con muchísimo sentimiento. ¿Cuál es la respuesta más probable que escucharás?

a) desahógate, está bien
b) aquí estoy para ti
c) ya no llores

Lo más seguro es que te toque un “ya no llores”, y no es porque llorar te haga daño o sea malo. El problema es que los demás no saben qué hacer con nuestras lágrimas. Es más, ni nosotros mismos sabemos. Ver llorar a una persona con quien no tienes una relación muy cercana puede causarte empatía, pero cuando se trata de alguien a quien tú quieres se te mueve algo adentro y lo primero que quiere es que ¡por favor!, deje de llorar. Las lágrimas y las manifestaciones de tristeza profunda nos incomodan muchísimo. Nos ponen muy nerviosos porque nadie nos enseñó a manejarlas.

¿DE DÓNDE SALE ESTA INTOLERANCIA A LA TRISTEZA?

Básicamente son dos factores los que la explican. En primer lugar está el hehco de que siempre queremos “solucionar”. Sentimos una necesidad de decir o hacer algo que repare la herida, cuando en realidad en estos casos lo mejor es escuchar y dejar qu la otra persona se desahogue sin decirle cómo debe sentirse. Es completamente invasivo decirle a alguien “tienes que ser fuerte” o “debes verle el lado positivo a las cosas”. Inclusive el clásico “ya no pienses” no soluciona nada y solo deja en el que escucha una sensación de aislamiento e incomprensión por parte del otro.

La segunda raíz de nuestra intolerancia es que no creemos en el poder didáctico y sanador de la tristeza. La vemos como un problema por resolver en lugar de una situación por vivir. La tristeza es un estado emocional que te dice que la realidad no coincide ni con lo que quieres ni con lo que piensas. Y por eso es importantísimo estar en ella el tiempo que sea necesario para poder extraer lo que tienes que aprender. Las lágrimas -que dicho sea de paso no son señal de debilidad sino de emotividad- son grandes maestras.

Lo que pasa es que tenemos prisa por deshacernos de ellas, ya sean propias o ajenas. Una carita triste debería de invitarte a dar un abrazo y a contener, no a bloquear y disimular.

La dificultad para lidiar con las lágrimas es muy clara en el sexo masculino. No es raro que si un hombre empieza a llorar (o, ni siquiera, con que se le llenen los ojos de lágrimas) otro hombre llegue solo para darle un par de palmadas en la espalda, que más que un cariño parecen siempre un “aguántese”.

No sabemos abrazar, no somos buenos consolando ni dejándonos consolar, porque tontamente hemos crecido pensando que las lágrimas nos quitan fuerza y debilitan nuestra imagen ante los demás, en lugar de entender que si las dejamos fluir, limpian el alma.

Es mil veces mejor llorar por los ojos que dejar que llore todo el cuerpo.

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