Salud mental
Por: Sofía Leviaguirre
Las cosas que nos repetimos van creando nuestro mundo, y estas 5 creencias que te quitan poder como mujer las tienes que eliminar ya.
Hay algunas palabras que usamos a diario y que, aunque suenan inofensivas, repiten formas de pensar que nos limitan. Aquí te dejamos 5 creencias que te quitan poder como mujer.
Las palabras son energía condensada, ideas que repetimos hasta que se convierten en verdad. Si el lenguaje crea realidad, como sugieren antiguas tradiciones, entonces cada palabra que usamos moldea la forma en que nos vemos y el lugar que ocupamos en el mundo. Para las mujeres el lenguaje ha estado históricamente cargado de expectativas y juicios. Por eso, revisar cómo nos hablamos puede cambiar cómo nos sentimos.
Desde niñas nos enseñan a ser agradables. Agradables al hablar, al vestir, al opinar. Pero la palabra agradable no siempre implica autenticidad. De hecho, su raíz latina gratus significa bien recibido. Ser agradable muchas veces implica ignorar lo que sentimos para no incomodar, pues agradar es relativo al entorno.
Amable, en cambio, comparte raíz con parentesco. Implica vínculo, honestidad y cuidado. La amabilidad no es complacencia. Puede incluir conflicto, siempre que sea respetuoso. Ser amable exige reconocer lo que sentimos y expresarlo con claridad. Ser linda nos exige lo contrario.
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Hay una diferencia profunda entre lo que tiene valor y lo que tiene precio. El valor es interno, personal, muchas veces imposible de medir. El precio depende de factores externos y del mercado.
Un trabajo de cuidados, como criar, enseñar o acompañar, puede tener un valor inmenso y, sin embargo, un precio mínimo o inexistente en términos monetarios. En una sociedad que mide la importancia en números, muchas mujeres aprenden a subestimar aquello que no es rentable aunque sea esencial. Preguntarnos qué tiene valor real en nuestra vida es una forma de resistir la lógica que solo reconoce lo que se puede monetizar.
No es lo mismo creer que tener fe. La creencia casi siempre está atada a sistemas, dogmas o ideas preconcebidas. La fe implica apertura. El filósofo Alan Watts explicaba que la creencia se aferra, mientras que la fe suelta.
Para muchas mujeres, educadas para encajar en estructuras rígidas, practicar la fe puede significar confiar en su intuición, incluso cuando no encaja con las expectativas externas. Es una invitación a explorar sin necesidad de tener todas las respuestas.
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Ser sexy suele referirse a cómo nos vemos ante los demás. Ser sexual tiene que ver con cómo nos sentimos en nuestro cuerpo. La diferencia es enorme.
Durante años, muchas mujeres han sido educadas para ser deseables, pero no necesariamente para tener deseos propios. Aprendemos a ser atractivas antes que a explorar el placer. Reconectar con lo sexual desde la experiencia propia, no desde la mirada ajena, es recuperar poder y control de nuestro cuerpo. Conectar con tu lado sexual, aunque al mundo no le parezca sexy, es un acto de rebeldía y liberación.
Existe una línea muy fina pero crucial entre servir y sacrificarse. El sacrificio implica hacerte menos sistemáticamente para sostener la vida de otros. El servicio, en cambio, puede ser una elección consciente, una forma de aportar sin desaparecer.
Históricamente, a las mujeres se nos ha enseñado que poner límites es egoísta. Que priorizarnos es una falta. Pero servir desde la plenitud no es lo mismo que vivir agotadas. El verdadero servicio no pide que te pongas de fondo, sino que te compartas desde el amor. A veces el primer paso no es hacer más, es hablar distinto.
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