orejas de elfo

Orejas de elfo

Las orejas puntiagudas son recordatorios de que la evolución no siempre lleva hacia cosas que sirvan de algo.

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El cuerpo humano es un museo de reliquias evolutivas. Literalmente desde la punta de las orejas podemos encontrar vestigios de nuestros pasados anfibios, reptiles, de pasados más peludos. Para algunas personas, esto de la punta de las orejas es aun más literal.

Hay gente que tiene un piquito en el borde de las orejas, más o menos donde se interceptan la parte alta y la media del pabellón auditivo. Si viviéramos en el mundo de “El señor de los anillos”, quienes tendrían este rasgo más evidente serían los elfos con sus orejas puntiagudas. En los humanos de este mundo existe diversidad de esta característica, desde orejas muy élficas hasta orejas que no tienen nada de eso, pasando por otras orejas que tienen una bolita de cartílago en el lugar en el que estaría el piquito.

Darwin se dio cuenta de la particularidad de este rasgo al observar una estatua que mostraba a Puck, un ente travieso de la mitología inglesa. Darwin hipotetizó que este tubérculo, como le apodó, no apunta ni hacia un pasado ni un futuro de elfos, sino más bien hacia un tiempo en que nuestros ancestros tenían orejas puntiagudas. Esto quiere decir que venimos arrastrando al tubérculo de Darwin desde hace mucho tiempo, pues entre los primates los únicos que lo poseemos somos humanos, macacos y monos babuinos, especies que se separaron evolutivamente hace más de 20 millones de años.

Como en un buen museo, las reliquias de nuestro cuerpo no solo están ahí para ser observadas. Pueden servir para entender los procesos que las moldearon. Las orejas puntiagudas son recordatorios de que la evolución no siempre lleva hacia cosas que sirvan de algo. El tubérculo de Darwin pudo haberle servido a nuestros ancestros de grandes orejas a captar mejor los sonidos, pero para los humanos es ahora simplemente una alusión de nuestra conexión evolutiva con otras especies, y también de lo difícil que puede resultar deshacerse de las herencias, por más inútiles que sean.

*Referencia: Darwin’s Tubercle: Review of a Unique Congenital Anomaly

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