La posibilidad de ser yo

Mi regreso a la vida laboral me permitió, en su momento, reflexionar muchas cosas y sacar varias conclusiones. ¡Es impresionante cuánto cambió el mundo laboral en 10 años!

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La manera de trabajar es diferente, la de vestirse es otra: mucho más relajada (me encanta), la mitad de los términos son en inglés (eso todavía no sé si esta “cool” o me choca). El celular, que antes traías en la bolsa para hablar en caso de una emergencia, ahora se usa para todo, menos para hablar y es ¡sin duda! una de las principales herramientas de trabajo. El email es de los 90’s (o sea totalmente “out”) y las cosas se arreglan por “whats”.

 

Día 1 en mi nuevo trabajo: una de las “chavas” me pregunta en qué escuela iba. Yo contesto y ella exclama: ¡como mi Papá! Lo cual no me parece alarmante hasta que me dice cómo se llama su papá y resulta, que sí, sé perfecto quién era. O sea que yo tengo edad suficiente para tener hijas de 24 que ya trabajan… ¡¿JUAAAAT!?

 

Uno de esos momentos en donde te das cuenta que la vida caminó sola aunque tu hayas estado estacionada en casa creciendo niños. Y es que en el “tiempo niños”, la vida va más despacio, las cosas toman su tiempo y aprender algo nuevo es todo un proceso. Afuera el mundo siguió dando vueltas y casi puedo asegurar que ahora va más rápido que antes.


Es agotador por momentos
¿no crees?

¿Por qué es tan importante que sigamos el paso?, ¿Por qué queremos hacer tantas cosas?

Trabajar obsesivamente, vivir en pareja –obvio posteando nuestra “absoluta perfección y felicidad” todos los días- viajar por el mundo, tener hijos “felices y exitosos”, una (o varias) casas de revista, una vida social jet setera, nuevos proyectos, continuamente decorar para cada temporada, ser “súper detallista” (con tu círculo cercano de 500 personas), estar súper informados, aprender cosas nuevas aunque no nos interesen, estar “súper fit”, ir a todos los eventos que te invitan (¡obvio no puedes quedar “mal”!) innovar, vestirte al último grito de la moda, verte más joven que tus hijas, estar siempre de buenas, tener mascotas perfectamente entrenadas, ser “súper ayudador” (o sea no saber decir ¡no!), que tus hijos vayan a 14 clases diarias y tengan una vida social más ocupada que la del presidente de México… etcétera, etcétera, etcétera.

 

¿Por qué estamos TAN preocupados por cumplir tantas expectativas que, muchas veces, ni siquiera son nuestras? ¿Por qué quedar bien con gente que apenas conocemos? ¿Por qué creemos que tenemos que ser la mujer (o el hombre) maravilla?

Hace unos días le pregunté al de 11 qué quería ser cuando fuera grande y sin pensarlo me contestó: “Pus quiero ser yo mamá”.

 

¿Cuántos de nosotros somos YO realmente? Pero sobre todo: ¿cuántos estamos dispuestos a pagar el precio de ser YO? Porque ser auténtico cuesta muy caro, decir no quiero ir a la cena porque estoy agotado y quiero ver la tele se ve francamente mal o decirle a tu amiga “no puedo estar cerca en este momento porque no estoy de acuerdo con tus decisiones” hace que, segurito, tengas una amiga menos y porque, en general, ser auténtico quiere decir quitarte el filtro, decir lo que piensas, hacer lo que quieres y no perder el tiempo con cosas o personas, que no te aportan nada y eso, a nuestra preciosa sociedad, no le gusta ni tantito.

Sin embargo, ser YO, no es solo escucharte y ser fiel a ti mismo.

En la medida de lo posible, hay que aprender a hacerlo, con cuidado, para no herir susceptibilidades -en mi caso: “work in progress”- pero la regla número uno del ser YO es saber, que no puedes darle gusto siempre a todo el mundo y que eso: ¡está bien!

Yo he pagado el precio muchas veces. Unas ha sido carísimo, otras, un descanso. Si algo me queda cada vez más claro es que lo pagaré, sin dudar, todas las veces que sea necesario.

En este mundo acelerado en donde tenemos tantas cosas que “cumplir” me parece indispensable que aprendamos a mapear qué es lo que realmente nos importa y muy especialmente: quién nos importa realmente.

 

Gastarse la vida complaciendo y quedando bien con personas que realmente son un extraño, a costa de nuestros propios principios, prioridades y muchas veces, nuestra salud.

 

¿Pooor?

¡Libérense!

Aclaro que no estoy diciendo que ser YO significa ser una persona que haga lo que se le pegue su pinche gana y que se lleve entre las patas a quien haga falta ¡cero! Me refiero a determinar honestamente, cuáles son las cosas y las personas realmente importantes en tu vida y por las que vale la pena invertir tu tiempo/esfuerzo y, paralelamente  (tal vez más importante que nada), cuáles son las que no, las que no te aportan, las que solo haces para que digan “qué mona es”.

La verdadera pregunta es: ¿qué tratamos de demostrar al buscar sin descanso que los demás nos aprueben? ¿Por qué nos da tanto miedo pedir, decir no, decir basta?

Imagínense lo diferente que seríamos como sociedad si supiéramos decir ¡NO! cada vez que fuera necesario o aprendiéramos a exigir lo que necesitamos como país, en lugar de dejar que todo se acumule, por flojera, por pena, por desidia, por apatía o por todas las anteriores y preferir esperar a que sucedan tragedias.

Otro gallo nos estaría cantando hoy en México, sin duda.

Pero para eso hay que estar dispuestos a pagar el precio y bajarle unas rayitas a eso de “andar quedando bien” y subirle otras tantas a lo de poner nuestros esfuerzos en dónde realmente queremos.

Actuar de acuerdo a lo que realmente quieres y eres. Ser congruentes.

Obvio jamás nos vamos a salvar de hacer cosillas que nos choquen, como levantarnos temprano, regañar al niño que necesita ser regañado (en lugar de “ahorrártela), entregar el presupuesto que te pidió tu jefe (guácala) o ir a la junta de vecinos a las 8:00 pm.

Y también, ser YO quiere decir: darte permiso de no ser perfecto, de aflojar a veces el cuerpo porque no puedes más y volarte la clase para ver una película con tus hijos; decir no gracias a alguna invitación solo porque sí; estar de pésimo humor (¡y qué!) o chillar nomás porque sí un rato (porque ¡nada más reparador que una buena chillada!).

Ser YO, quiere decir aceptarme como soy y que me importe un cuerno lo que mi vecina -o quien sea- piensa de mí. Darme yo, permiso de ser YO.

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