Charlottesville y el neonazismo en Estados Unidos

Sería ingenuo pensar que el racismo fue superado hace décadas, que las naciones asumen su responsabilidades o que los migrantes son bien recibidos.

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Largas filas de cientos y cientos de manifestantes con antorchas que por la noche generan un impacto visual contundente. No es casual, son similares a las que se hacían durante la Alemania nazi en respaldo al régimen que se sustentaba en la “superioridad racial aria”.

Más de 70 años después se reedita la escena pero ahora en Estados Unidos, en Charlottesville, Virginia. Neonazis, supremacistas blancos y Ku Klux Klan armados de valor, con armas de fuego y sintiéndose respaldados por la retórica que sale de la Casa Blanca y los discursos de Trump que desde campaña viene alimentando y fortaleciendo a estos grupos que han estado presentes en los Estados Unidos por décadas y décadas. Trump es el catalizador y no el único problema. El eslogan de “America first” es entendido desde un ángulo supremacista blanco.

No faltaron durante las manifestaciones las consignas antisemitas, xenófobas y racistas. Esta manifestación fue el arranque de un evento que pretende unir a la derecha norteamericana, la ultraderecha diría yo. Unir alrededor de la intolerancia y el odio.

La mezcla era clara. Banderas confederadas (símbolo del esclavismo) junto con banderas con suásticas recorrieron las calles de un tranquilo pueblo de Virginia. Por si fueran pocas las relaciones entre esta marcha y las de la época nazi, uno de los gritos que más se repitieron fue el de “Blood and Soil” que es la traducción del “Blot und Buden” alemán. Esta frase marca la creencia de que la sangre, desde un punto de vista genético y casi místico, mantiene un vínculo con la tierra. Es decir, si los nazis pensaban que Alemania era de y para los arios, los supremacistas blancos norteamericanos piensan igual sobre su país.

Por supuesto no faltaron los gritos y amenazas contra judíos, afroamericanos y migrantes. Algo que habla bien de la sociedad norteamericana fue el grupo numeroso de estudiantes de la Universidad de Virginia que junto con población local salieron a realizar una contra manifestación con consignas contrarias. Las agresiones por parte de los supremacistas comenzaron de inmediato, incluso una veintena de personas resultaron heridas y costó la vida de una mujer que fue arrollada por un vehículo conducido por un supremacista blanco.

Estos grupos son parte de la sociedad norteamericana. Son buena parte de la base social que llevó a Trump a la presidencia. No se trata de un número despreciable de personas. Pero también los contra manifestantes son parte de esa sociedad.

Sería ingenuo pensar que el racismo fue superado hace décadas, que la Segunda Guerra Mundial dejó lecciones asumidas por todos sobre el peligro del discurso antisemita y de “superioridad racial”, que las naciones asumen su responsabilidad de dar cobijo a personas refugiadas, que los migrantes son bien recibidos por las poblaciones receptoras.

La intolerancia allí sigue. No es únicamente en los Estados Unidos. Escenas y grupos similares se pueden encontrar en algunos países europeos. En México los índices de discriminación contra diversos grupos también son preocupantes.

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