¿Pooor?
Por: David Larios
Gol de Quiñones y el "sismo" en CDMX: Te contamos si fue un temblor real o pura euforia futbolera.
¿Un gol puede mover la tierra? El 30 de junio, medio México lo comprobó. Julián Quiñones anotó ante Ecuador en pleno Mundial 2026 y desató un festejo tan bestial que los sismógrafos de la Ciudad de México lo registraron. Sí: la alegría de un gol, convertida en dato sísmico.
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Desde el silbatazo inicial, el ambiente dentro y fuera del estadio era eléctrico. Cuando Quiñones mandó el balón al fondo de la red con un disparo cruzado, la euforia colectiva se sintió como un solo cuerpo saltando al unísono: gradas, calles, bares y salas de estar vibrando juntas en el mismo instante. Minutos después, Raúl Jiménez sentenció el 2-0 y selló el pase de México a octavos de final, donde espera al ganador de la llave entre Inglaterra y República Democrática del Congo.
Y aquí es donde la anécdota se vuelve viral: uno de los equipos de monitoreo sísmico que hay repartidos por la capital marcó una lectura fuera de lo normal justo en el minuto del gol, alrededor de las 20:22 horas. Bastó ese dato para que en redes empezara a correr la pregunta obligada: ¿de verdad el grito de gol se sintió hasta el subsuelo?
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Spoiler: no hubo ninguna falla geológica moviéndose. Voces especializadas en el tema explicaron que ese tipo de lecturas no tienen origen tectónico, sino que nacen del propio cuerpo humano: cuando miles de personas brincan y gritan exactamente al mismo tiempo, ese impacto colectivo contra el suelo se convierte en una vibración que un sensor cercano, muy sensible, sí alcanza a registrar. Así que sí hubo “sismo”, pero uno hecho de pura alegría futbolera, no de placas tectónicas.
La clave está en la sensibilidad del instrumento. Un sismógrafo moderno no solo detecta el choque de placas tectónicas: está diseñado para captar prácticamente cualquier vibración que viaje por el suelo, sin importar su origen. Cuando decenas de miles de personas saltan casi al mismo tiempo —como ocurre en el instante exacto de un gol—, generan una onda superficial de corta duración y baja profundidad, muy distinta a la de un sismo real, pero perfectamente registrable si el sensor está lo bastante cerca. Entre más sincronizado sea el salto de la multitud (y en un estadio lleno, coreando al mismo tiempo, lo es), más clara queda la señal en el registro.
Esta historia le sonó familiar a más de uno, y no es coincidencia: el fenómeno está documentado en varios eventos deportivos alrededor del mundo.
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