El Factor Figueroa: Maratón

Sonreía como triunfadora, pero se me engarrotaron las piernas en el km 2.

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En uno de los momentos críticos de mi vida en materia emocional -no sabía “de donde vengo y voy”- participé en una carrera. Por supuesto no era un maratón (o ‘la maratón’) sino una carrerita menor, sencilla e inofensiva de 10 kilómetros. Como sabrán, soy lo menos deportista que hay en el universo, pero mi querido novio me regaló un libro de Haruki Murakami llamado “Hashiru koto ni tsuite kataru toki ni boku no kataru koto”, o sea, “De qué hablo cuando hablo de correr” y entonces estaba inspiradísima. Pensé que si a un colega escritor le hacía bien salir a correr ¡a mí también! Claro, ahorita algún lector estará diciendo “mira la muy descarada se compara con Murakami”. Pues siento que soy igualita al escritor japonés en el pelo lacio y los ojos medio rasgados -tipo peruanos- pero sin tanto éxito editorial, sin el abuelo budista y ni los millones.

El caso es que desde la inscripción fui una corredora más, me estiré como los corredores, intercambié experiencia con los corredores, me hidraté como los corredores y calenté casi como los corredores. Aquí debo aclarar que mis movimientos de cadera para entrar en calor eran más parecidos a los de Lyn May bailando tahitiano que a los de Usain Bolt antes de arrancar.

Después del disparo de salida (espero que esa bala perdida no haya matado a algún inocente) corrí con gran agilidad y mantuve la velocidad perfecta por aproximadamente 4 minutos. Por favor no me juzguen, es que se sufre mucho.

Eso sí, el paisaje era precioso (Reforma y el bosque de Chapultepec) y colmado de buenas personas desconocidas que te apoyaban y gritaban cosas como “¡ánimo!”, “¡sí se puede, sí se puede!”, “¡somos unos campeones!” (jajaja). Yo que soy tan fácil de convencer, sonreía como triunfadora, pero se me engarrotaron las piernas en el kilómetro dos, me acalambré y pensé que caería muerta en pleno bosque.

Fue entonces que recordé las palabras japonesas -ponle mantra- de Murakami “no soy un humano, soy una máquina”, superé la crisis y seguí corriendo. Todo iba bien (si consideramos que a ratos trotaba, luego caminaba, después me arrastraba para seguir en la ruta), hasta que pasé enfrente de la Residencia oficial de Los Pinos y ahí comenzó el principio del fin.

Les juro que algo muy malo habita entre esas paredes, porque una fuerza superior y maligna se apoderó de mí y escuché voces que decían “haz trampa…usa un atajo como Madrazo… empújalos y rebasa…”. Así que justo en Molino del Rey aproveché la confusión en la glorieta para brincar al carril contrario donde venían los punteros. Así que llegué a la meta y recibí una medalla muy bonita, carretadas de aplausos, un plátano y una naranja (ya sé parecen frutas super corrientes, pero son oro molido entre los maratonistas).

En todo eso pensaba el domingo, cuando saqué el coche muy temprano para auxiliar a mi hermana en apuros (aquí imaginen lo que quieran) y ni para atrás ni para adelante: el Maratón Ciudad de México me pasó por delante y por atrás. Sí, vivo en medio de una herradura de entusiasmo.

Sinceramente, quería quedarme ahí apoyando a los corredores desconocidos pero no pude, las emergencias familiares son primero. Solo bailé un poquito con las siempre motivadoras “We are the champions”, “Eye of the tiger”, “We will rock you” y el bonito “Tema de Rocky” que interpretaba un orquesta de voluntarios.

Ay qué bonito ver a 35 mil tratando de lograr su meta. Por cierto ¿qué hacíamos mientras los otros 9 millones de capitalinos?

Yo, la verdad, me aventé el maratón pero de “Game of Thrones”. Pinche Jon Snow.

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Periodista de espectáculos, conductora de televisión, autora del libro Calladita me veo más bonita. Conductora del segmento de espectáculos del programa Hoy en Televisa.

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