El factor Figueroa: Mano derecha

La semana pasada estuve a punto de escribir una columna impresionante, con la que estaba segura que los lectores se iban a morir de risa. Pero no. No se pudo. Estuve en el hospital

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Es que estaba en el cine, tranquilamente, viendo “Roma” (otra vez) perdida en el romanticismo que tienen las películas blanco y negro, disfrutando cada palomita que comía, gozando la mirada de Cuarón y todo muy bien.

De repente, por andarme entregando de lleno al cine sin checar el teléfono cada dos minutos, ¡auxilio! tenía seis llamadas perdidas de mi hijo, varios mensajes angustiosos (no los reproduzco aquí por privacidad y porque me entran las ganas de llorar y si lloro no escribo, otra vez), tres mensajes de su novia, dos de su mejor amigo, uno del padre de su novia y otro del padre de mi hijo (léase, mi ex marido). Todos me buscaban desesperadamente porque Alex tuvo un accidente.

Se cayó y se rompió el brazo derecho (o eso pensamos a la primera). Bueno, en realidad se hizo cachitos la muñeca y casi pierde la movilidad de la mano, pero eso lo supimos hasta la media noche, cuando lo operó una doctora súper especialista.

Corrí del cine a un hospital pequeño, a donde lo llevaron sus mejores amigos sin saber -o sabiéndolo perfecto- que le estaban salvando la vida. Cuando llegué, todos tenía cara de susto y mi hijo gritaba desesperado en la sala de emergencias porque tenía un dolor terrible y yo, que soy mala para reaccionar en los peores momentos, no sabía si gritar o llorar o qué. Mi criatura -esa que nació hace 24 años- me veía con cara de “¡Sálvame!” Y yo le decía que ‘todo va a estar bien’, aunque por dentro pensara “putísimamadreahoraquéhacemos”. Es que yo soy muy creativa, pero hay días que me trabo.

Decidí trasladarlo al hospital al que acudimos habitualmente -o sea, cuando pasa algo, no crean que somos unos hipocondríacos- para que un doctor amigo me ayudara con el problemón. Ahí el que gritaba era otro señor porque no atendían a su madre que, según supe, no podía respirar. Él gritaba que si algo le sucedía los iba a demandar y los iba a matar a todos. Yo, sinceramente, lo apoyaba. Y pensaba como, de pronto, un plácido domingo se puede convertir en una masacre.

Por fortuna, lo nuestro tuvo final feliz y Alex se acostumbra a su temporal vida zurda. Digamos que ahora, aparte de su -santa- madre, soy su mano derecha. Y eso me parece precioso, como cuando era niñito. A lo que iba, es que ofrezco una disculpa a los lectores por no escribir a tiempo, pero cuando un hijo te pide algo, haces lo que sea.

Y cuando crees que la columna no se trata de nada, trata de todo.

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Periodista de espectáculos, conductora de televisión, autora del libro Calladita me veo más bonita. Conductora del segmento de espectáculos del programa Hoy en Televisa.

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