El Factor Figueroa: La niña buena

Un tiempo fui cristiana.

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Sí, como Yuri y Lupita D’Alessio, aunque lo mío fue al revés: primero fui cristiana y luego adicta (a la comida, básicamente). Pero yo era súper alivianada y no tenía problemas con nada, o sea, no me quejaba por las adopciones entre parejas gay ni hacía dramas. A lo mejor porque a los 9 años, ves la vida e otra manera. 

Si entre los lectores de la columna está algún sacerdote católico que me haya visto rezar dominicalmente, por favor no me juzguen, solo fue un lapsus religioso. No fue por falta de fe ni de cariño.

Recuerdo que profesé el cristianismo unas vacaciones porque mis papás no sabían cómo entretenerme y me mandaron a un curso de verano en una congregación cristiana protestante. ¿Qué les costaba mandarme a clases de natación como los niños normales?

Mis papás eran muy creativos –o ponle que estaban desesperados con 6 hijos latosos- pero mi padre dijo “¿Qué haremos con Martha?”. Y mi madre contestó “hay que mandarla con el doctor Óscar, tiene unos cursos preciosos ¡qué se vaya con ellos!”. Y allá voy. Mientras las otras niñas perdían el tiempo en manualidades, yo proclamaba el Nuevo Testamento (no se rían, tengan piedad de esta pobre niña).  Mi aprendizaje veraniego se reducía a leer la biblia y cantar cosas increíbles como “alabaré, alabaré, alabaré, alabaré, alabaré, alabaré a mi señor”. Según mi brújula infantil, los cursos eran cerca del aeropuerto y de refrigerio nos daban una ensaladilla de atún con galletas saladas.

Cuando le conté a mi madre sobre el templo evangélico, su respuesta fue práctica: “Dios es el mismo y algo aprenderás”. Pues sí. Aunque luego me confundía a nivel religioso, porque en las tardes me mandaba a nuestra iglesia católica a ofrecer flores a la virgen, una ceremonia a la que acudían las niñas buenas y una que otra mala.

El doctor que me llevaba todos los días al templo –junto a su esposa y sus 3 hijos- también era policía (o eso ponía en un letrero para que nadie se estacionara en su banqueta). Ahora que lo pienso, a lo mejor mis papás quería matar dos pájaros de un tiro y escogieron al Doc para que me enseñara cosas de Dios y me diera tips en materia delictiva. Creo que fue mi primer encuentro en la vida con un hombre versátil y me parecía súper divertido ser amiga de un doctor, policía y pastor -no del que cuida ovejas, sino líder de una iglesia-. Seguramente, el ‘hombre orquesta’ trató de encaminar mis pequeños pasos, aunque yo, la verdad, sentía que más que un curso de verano era una secta (jajaja).

 Debo confesar que aprendí mucho de Dios y sus misterios, pero lo que más me unía a mi pastor espiritual es que fui su paciente muchas veces. Por ejemplo, un día que me caí de cabeza de la azotea y mis hermanos me llevaron cargando hasta su portal. Dos pisos en caída libre y él me curó con una aspirina (¡a lo mejor también era mago!). Con esto les digo que si me notan rara a veces, se debe a alguna secuela del golpazo. Y que la vida siempre es graciosa, solo depende del cristal con que la veas.

¡Felices fiestas lectores queridos!

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Periodista de espectáculos, conductora de televisión, autora del libro Calladita me veo más bonita. Conductora del segmento de espectáculos del programa Hoy en Televisa.

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