El factor Figueroa: el perro

Estoy leyendo la historia de un perro. Es mi libro de todas las noches.

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Claro, dicho así, suena muy aburrido. Lo que pasa es que empecé a leer la biografía de Michelle Obama -a quien amo con fervor- pero se cruzó en mi camino el librito del perro y me dije “¿por qué no lees primero el del perro y luego regresas al de Michelle?, total, ya los compraste”. Todo eso me dije. Es que soy de esas personas que hablan con ellas mismas todo el tiempo. ¿Ustedes no?

Bueno, pero a lo que iba es que el libro escrito por Arturo Pérez-Reverte es una novela negra y trata de las aventuras de un perro y cómo va por la vida con tres reglas principales: lealtad, inteligencia y compañerismo. Y aquí es donde todos los lectores gritan “¡quiero ser un perro!” Ya sé, también lo pensé.

No puedo contarles la trama ni el final porque tal vez quieran leer algún día “Los perros duros no bailan” y no quiero arruinarles el gusto (y tampoco quiero meterme en problemas con Pérez-Reverte porque somos primos hermanos a nivel editorial), pero hay días que te caen mejor los perros que las personas (gracias, Sergio Goyri).

De niña, cuando vivía en la ahora archi famosa calle de Tepeji, teníamos una mascota llamada ‘Sabalú’, que no sé si era maltés o algo parecido, pero era negro, peludo y desmadroso. No crean que lo compramos o que fue un bonito regalo de mis padres, en realidad mi hermano mayor lo encontró en la calle de regreso de la escuela y lo adoptó. Recuerdo que toda la familia estaba feliz porque era muy simpático y además cayó de maravilla en un hogar con 3 niñas gorditas, con eso de que nos hacía perseguirlo todo el santo día yo creo que algo adelgazamos (más que en las sesiones de ‘Weight Watchers kids’ a las que íbamos).

A Sabalú lo que más le gustaba en la vida era correr. Corría sin parar, en línea recta o en círculos, daba igual. Se metía en la casa de los vecinos y saltaba cualquier obstáculo sin ton ni son, aunque creo que su aventura más grande fue cuando corrió por todo el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y nosotros detrás. Es que, por azares del destino, viajó un par de veces en avión -cuando volar era todo un lujo- y acumuló la friolera de casi 5 mil kilómetros.

Una vez, se metió a la iglesia en plena misa -el templo del ‘Divino Redentor’- y justo cuando el padre trataba de explicarnos el Evangelio complicadísimo en cuestión, el perro se subió al altar y corrió en círculos a mil por hora con el pelo volando, mientras los feligreses se carcajeaban. Yo, por supuesto, me hice la turista y puse cara de que nunca había visto a ese perro en mi vida.

En una de las carreras locas Sabalú quedó embarazada, aunque mi hermano dice que un perro no identificado se metió entre la rejas, la preñó y huyó. Olvidé aclarar que siempre pensamos que teníamos un perro pero era perra. Lo descubrimos cuando le crecieron las mamas y tuvo una hija flaca y sin pelo -sabrá Dios que genes se mezclaron- que fue bautizada como “Estefanía”.

Por tanto correr, un mal día, le quiso ganar el paso a un camión y el camión, la aventó de aquí hasta allá. La llevamos con su veterinario de cabecera -el Dr Osawa- que ni siendo japonés pudo salvarla y se murió completita. Estefanía quedó huérfana de padre y madre y una tarde se escapó lejos de la Roma y sus tristezas.

Yo también me escapé y ahora sueño con volver.

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Periodista de espectáculos, conductora de televisión, autora del libro Calladita me veo más bonita. Conductora del segmento de espectáculos del programa Hoy en Televisa.

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