El factor Figueroa: El Gordo

Estoy feliz por Guillermo del Toro

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Por favor no se rían pero no saben cuánto me preocupé por él las últimas semanas, peor que si fuera mi hijo. Tenía miedo que le negaran el Oscar por plagio, que le ganara Christopher Nolan (el director de Dunkerque), que se lo arrebata el destino o que se lo chingara Spielberg. Ay el pobre ‘gordo’, suspiraba.

Sufrí en silencio como si fuéramos íntimos y la verdad sólo nos hemos saludado y platicado un poco alguna vez. Aunque ahora que lo pienso, es amigo de mi mejor amigo y eso tal vez nos convierte mínimo en ‘amigos lejanos del tercer grado’. No sé. Pero, últimamente, me conmueve muy raro lo que le pasa a los extraños.

 

Por ejemplo, el domingo moría de estrés previo a la Entrega 90 del Oscar. Por fuera me veía como una persona normal, pero por dentro era un mar de intranquilidad: ¿Y si no gana? ¿Y si pierde? (¿es lo mismo, no?) ¿Qué tal que lo traiciona el jurado? ¿Y si no le aplauden cuando digan ‘and the Oscar goes to Guillermo del Toro’? ¿Y si lo abuchean los fans de “Three billboards outside Ebbing, Missouri”? Todo eso.

 

Así que salí a la calle, me trepé a la bici buscando consuelo y/o distracción y a lo tonto -créanme, a lo tonto- llegué hasta Bellas Artes (como Juan Gabriel jaja).

 

Crucé la calle y encontré un museo que estaba a reventar de personas eufóricas por ver los cuadros de Caravaggio. Y yo, solo mataba tiempo para aplaudir como poseída a Guillermo y a Gael cuando cantara la de “Coco”.

 

Quiero decir que me dió alegría pasar la mañana en el Museo Nacional de Arte  (que es una maravilla), pero los otros realmente morían de emoción y contaban los pasos y los minutos para estar frente a frente con la obra del artista. Es más creo que los únicos ignorantes -o sea, que no conocíamos a mister Caravaggio- éramos el guardia de la escalera y yo.

 

Sólo que yo ponía cara de conocedora para disimular un poco y el santo guardia gritaba con mucha seguridad y sin pena “¡a ver, a ver…los de ‘Carballo’ entran por acá!”.

 

Y así, guiados por la ilusión -real o inventada- por el pintor italiano nos amontonamos para ver  “La Buenaventura” (1596) que es su obra clave y su primer acercamiento con el claroscuro (ahora, lo sé todo). Debo confesar que me sentí fatal por no haberlo conocido antes. Yo ahí, descubriéndolo apenas y todos los demás con un dominio absoluto: se acercaba, se alejaban, le tomaban 100 fotos y comentaban la psicología del buen hombre que murió en la miseria.

 

Mi primer acercamiento con las ideas del gran personaje del Barroco, fue cuando otra guardia nos pegó en la solapa un sticker numerado que rezaba algo que dicen que dijo: “No deben sólo mirar mis cuadros, no deben solo contemplarlos, deben sentirlos”. Y le juro don Caravaggio que lo intenté con el corazón, pero me distraían las ‘selfies’ de mis vecinos.

 

De regreso crucé el Barrio chino, saludé a los simpatizantes de Andrés Manuel en pleno mítin, a los que bailaban cumbia frente al Angel y a otros que marchaban para celebrar “el día del riñón”.  Y así, entre una cosa y otra, llegó la hora de…¡la entrega de los Oscares!

 

Solo Dios sabe cuántas palomitas, nachos con queso y horas invertí para ver todas las películas de la competencia. ¡Todas! Ya sé, alguno pensará “ésta pobre mujer necesita más Caravaggio y menos Del Toro”, pero prefiero el cine siempre.

 

Además, sin el cine no existiría la codiciada estatuilla, ni esas tremendas alfombras rojas que tanto me alegran. Por cierto, ¿vieron el vestido de Salma Hayek? ¿Qué demonios fue eso?

 

Sigo tratando de entender. Como el guardia del museo.

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Periodista de espectáculos, conductora de televisión, autora del libro Calladita me veo más bonita. Conductora del segmento de espectáculos del programa Hoy en Televisa.

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