El Factor Figueroa: El antídoto

Encontré una nueva terapia que me pone muy feliz

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No me lo van a creer, pero acabo de descubrir una terapia impresionante.

Con eso de que yo misma la ‘inventé’ podríamos decir que es ‘terapia de autoayuda’ o ‘autoterapia’.

Es que descubrí que cuando escucho mambo ¡me pongo de buenas! Ya lo probé con varias canciones  y con todas funciona, ponle “Qué rico mambo”, “El mambo #8”, “El mambo #5”, “¿Qué le pasa a Lupita?” (ésa es una de mis favoritas jajaja) y “El ruletero”:

Aunque siento que estoy en un momento súper elevado de mi vida, a nivel vibración cósmica, bondad y felicidad¡hay días que quisiera matar a toda la gente que tengo enfrente! Sobre todo en el tráfico de la Ciudad de México. Dios, qué maldición tan grande.

Entonces, si no me he convertido en una asesina serial es gracias al mambo.

El otro día iba en mi coche, repartiendo odio a diestra y siniestra porque nadie se movía y yo quería llegar a mi casa, cansada de trabajar, cuando de repente, empezó a sonar en mi iPod “1, 2,3,4,5,6,7,8… maaaambo ¡uh! Tátara tataratarara…” y me cambió la vida. Me dio risa, me empezó a bailar el cuerpo solito y me remontó a cosas divertidas.

Me pasó como al loquito de la película de Clavillazo al que le cantaban “de piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera” para que se tranquilizara. No hay nada más cierto que la música calma a las fieras. Entonces ahora, cada vez que siento que el mal rollo se quiere apoderar de mí, pongo un mambo y santo remedio.

Por eso, hoy quiero felicitar al creador de tan terapéutico ritmo, a don Dámaso Pérez Prado que cumplió 100 años. Bueno, en realidad cumpliría porque se murió en el 89. ¡Ah cómo lo quiero y cuánto le agradezco Don Dámaso! Tal vez si no fuera por él, ya estaría en el bote.

Y aquí debo pedirles, que si entre los lectores jóvenes hay alguno que no sabe de qué hablo, por favor entren a Google y busquen la historia y, sobre todo la música del maestro cubano mejor conocido como el ‘cara de foca’. Yo les explicaría aquí con gusto, pero hoy es un día de esos en que traigo la paciencia en niveles bajos.

El primer personaje famoso al que conocí de niña fue Pérez Prado. Tenía seis o siete años y me encantaba ver la televisión con mi abuela, que siempre ponía un programa musical donde salía el rey del mambo.

Un buen día estaba jugando en la banqueta de mi casa en la colonia Roma –porque sabrán que los niños de antes éramos súper callejeros- cuando de pronto se estacionó un carrazo junto a mí. Uff, no saben qué emoción cuando se bajó Don Dámaso acompañado de dos señoras (un poco con pinta de cabareteras), vestido de blanco, zapatos de taconcito onda jarochos y un abrigo de pieles blanco. Órale.

Fue como un ventarrón en mi pequeña vida mitotera. Entré feliz a la casa a contarles a todos “¡Vino el señor del mambo! ¡Se metió a la casa de doña Blanca!” Ahí supe que lo mío era la información y que me gustaba poner atención en las cosas pequeñas que están detrás de la magnitud.

¿Qué hacía el inventor del mambo en mi cuadra? Es que los vecinos de enfrente, eran dueños de una de las primeras clínicas estéticas de México, entonces los clientes llegaban hambrientos de silicón y otros trucos de belleza.

Yo, observaba. Como siempre.

En realidad lo que quería compartir, era la importancia de identificar las cosas que nos provocan alegría o que alejan al diablo. Digamos que no saben la joya que es descubrir nuestro propio ‘antídoto’. Ese que, con una simple probadita, te pueda salvar.

¿Ya tienen el suyo?

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