El Factor Figueroa: anti-rateros

¿Han visto las bicicletas anaranjadas tiradas por toda la ciudad? Esas de uso compartido para distancias cortas. Pues desde aquí quiero felicitar al inventor porque son lo máximo

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Se supone que dichas ‘biclas’ ayudan a reducir las emisiones de carbono, descongestionar el tránsito y mejorar la calidad de vida.

¿Eso qué? son una joya porque ¡no se las pueden robar! ¿Lo pueden creer? ¿En México no se pueden robar algo? ¡Bravo! Si no las desbloqueas con un código ultra secreto, no te las puedes llevar. Es más, no se las puede llevar ni Dios, menos un vulgar ladrón.

Siento que deberíamos pagarle un poco más al inventor -entre todos- y proponerle que aplique el mismo dispositivo a todas las cosas ‘robables’. Que si el coche, que si la bolsa, que si la moto, que si el celular y poner la foto del genio en todos los altares (junto a San Judas Tadeo, por ejemplo). La verdad yo creía que había sido un mexicano súper ocurrente, pero ya supe que fue un chino. Claro, siempre son los chinos.

Como les iba diciendo, no sé ustedes, pero yo estoy maravillada porque llevo toda una vida tratando de crear un dispositivo anti ratas para mis bicis y siempre fracaso. Por eso, desde mi humilde trinchera -ponle columna- quiero hacer este sentido homenaje. Aunque fui una niña listísima (luego, con la edad perdí facultades), cada vez que iba a la papelería y dejaba la bicicleta afuera, me la robaban, en pleno corazón de la colonia Roma -esa colonia que tantos aplausos ha cosechado últimamente en el mundo, gracias a la bonita película de Alfonso Cuarón-. Eso sí, debo confesar que las bicis robadas no eran mías, sino de mis hermanos (jajaja les digo que era lista), por fortuna la mía duró años en casa.

Quedé tan marcada que, siendo adulta, tomé un curso intensivo por correspondencia de ‘Ensamblaje y desarmado de bicicletas’ para cuidarme de los ladrones. Yo era la típica mujer ingenua que la amarraba a un árbol, hasta que un día…¡adiós! Se la llevaron con todo y raíces. Pero con la ayuda de los expertos, aprendí a sujetarla con dos cadenas a un poste, después de quitarle las ruedas, las luces, los pedales y el asiento (partes que guardaba en una maleta y arrastraba por toda la Condesa). O sea, lo único que dejaba era el tubo central. ¡Ya luego preferí cargar también con el tubo, por si tenía que forcejear con el asaltante!

Hace pocos años se me ocurrió convertirme en una atleta de alto rendimiento, concretamente, en una ciclista fuera de serie. Obvio, no lo logré, pero me preparé arduamente.

Ahí me tenían todos los domingos pedaleando en las calles contra viento y marea. Una vez, desviaron el paseo ciclista del centro histórico a una de ésas zonas que solo ves en los documentales extranjeros de Netflix donde hablan del tercer mundo y sus rumbos olvidados.

Ya sabrán que yo, exagerada como soy (llámale realista y sincera) pensé “ahora sí nos van a violar en masa -niños y mujeres primero- y nos van a robar las bicicletas”.

Lo que me hubiera servido ese día una ‘bicicleta naranja compartida, mágica y anti-robo’, podría dejarla tirada y salir corriendo. Ahí está lo malo del invento: puedes estacionarlas donde quieras (se supone que no, pero sí).

Y aquí es donde debes ponerlo todo en la balanza. Qué prefieres ¿neutralizar a los ladrones de bicicletas y reducir el carbono, o, tropezar con los estorbos en la vía pública? Ay, qué imperfecta es la vida.

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Periodista de espectáculos, conductora de televisión, autora del libro Calladita me veo más bonita. Conductora del segmento de espectáculos del programa Hoy en Televisa.

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