El factor Figueroa: agua nueva

Antes que nada, pido perdón por fijarme en cosas insignificantes cuando el mundo se cae a pedazos. Pero, quiero saber si ¿soy la única persona a la que se le descompuso el pelo con el agua nueva del Cutzamala?

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Todo iba muy bien, de hecho era una de esas personas que presumen tener un pelazo porque es lacio, abundante y con brillo. Luego vino el desabasto, el corte de agua por trabajos de mantenimiento, bombearon con fe y llegó el agua nueva. Aunque sospecho que no era tan nueva porque fue bañarme y quedar con el pelo tipo peluca de muñeca vieja: tieso, opaco y medio grifo. ¿Será que soltaron el cárcamo en vez de agua cristalina?

Una mujer dijo que la culpa era de mi champú, que seguramente era de baja calidad. Y la verdad no tengo idea si es de buena calidad o mala, porque no soy experta en cloruros, sulfatos y benzoatos, pero se llama “Brillo de cristal -con nutricápsulas-“ y eso me suena a que es maravilloso. Además en la botella aparece la foto de madre e hija con el pelo mega sedoso y recuerdo que cuando lo compré pensé “mira, este champú es bueno y ayuda a crear un vínculo familiar”. Y si hay algo que yo quiero en esta vida es crear lazos importantes con mis seres queridos, ahora que mi hijo se la pasa en las redes. Con suerte, el champú nos mantendrá limpios, unidos y con cabelleras envidiables. Todo eso pensé, ahí, en la hilera del súper dedicada al “Cuidado personal e Higiene”.

A lo que iba, es que el Cutzamala -y sus misterios- estuvo a punto de dejarme calva. Hasta que otra mujer (con mejores sentimientos que la primera) me sugirió un tratamiento de 3 minutos para contrarrestar el desastre y ¡aleluya! funcionó.

Aunque, cuando estaba en la farmacia comprando el antídoto, el consumismo se apoderó de mi cuerpo y compré todo lo que pude, un poco por impulsiva y otro poco porque, últimamente, he padecido muchos males. Yo digo que tengo “un mal momento del cuerpo”. Llega una edad en que la mente mejora y el cuerpo empeora, bueno pues estoy justo ahí. La menopausia y los achaques físicos hacen de las suyas, pero la mente funciona mejor que nunca en cuestión agilidad.

Mi compra estrella fue un gel anti-bochornos que ¡es lo máximo! y debo confesar que arrasé con todas las existencias. Es que nunca sabes cuándo van a retirarlo del mercado y aparte como se trata de un producto de origen francés (hecho en los ‘laboratories’ ubicados en 3 Rue du Bourg l’Abbe 75003 de París), me dio miedo que tal como están las cosas, nuestro nuevo presidente electo, don Andrés Manuel, decida romper las relaciones diplomáticas entre México y Francia (por puro coraje, porque las renovaron Hollande y Peña Nieto) y dejen de vender el gel que llena de dicha a las menopáusicas. Yo entre ellas.

Se los recomiendo. Justo en ese momento del día cuando te mueres de calor, quieres matar a tus compañeras de trabajo por ruidosas (algunos creen que les tengo envidia profesional, pero no, es un problema ‘acústico’), te entran ganas de ahorcar al amigo que se queja todo el día, o decides despedir a tu asistente -ponle ama de llaves- porque está todo el día pegada del teléfono, solo te pones 3 gotas de gel en el antebrazo, lo frotas un poco y ¡milagro! Te llenas de amor y paciencia, gracias a la lluvia de estrógenos.

Estoy pensando seriamente proponerle un negocio a los franceses de la Rue du Bourg. Llegó el momento de hacerme millonaria.

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Periodista de espectáculos, conductora de televisión, autora del libro Calladita me veo más bonita. Conductora del segmento de espectáculos del programa Hoy en Televisa.

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